Wallace Stevens - A un viejo filósofo en Roma
En los umbrales del cielo, las figuras de la calle
tórnanse figuras del cielo, el majestuoso movimiento
de hombres empequeñeciéndose en las distancias espaciales,
cantando, con un tono cada vez más bajo,
una ininteligible absolución y un fin.
La entrada, Roma, y más allá la otra Roma, más piadosa,
similares las dos en su ser espiritual.
Es como si en una dignidad humana
dos paralelas se unieran, una perspectiva de la cual
son partes los hombres en la pulgada y en la milla.
Qué fácilmente las banderas al viento se transforman en alas.
Oscuras cosas sobre el horizonte de la percepción
tórnanse en acompañamientos de la fortuna, pero
de la fortuna del espíritu, más allá del ojo,
fuera de su esfera, y sin embargo no tan lejos,
el humano fin en el logro más grande del espíritu,
el extremo de lo conocido en presencia del extremo
de lo conocido. El confuso murmullo del vendedor de diarios
conviértese en otro murmullo; el olor de las medicinas,
una fragancia que no se disipa…
El lecho, los libros, la silla, los pasos de las monjas,
la vela que rehúye la vista, ésas son
las fuentes de la felicidad en la forma de Roma,
una forma dentro de antiguos círculos de formas,
y éstas debajo de la sombra de una forma
en una confusión en el lecho y los libros, un presagio
sobre la silla, una móvil transparencia sobre las monjas,
una luz sobre la vela arañando el pábilo
para unirse a una vacilante perfección, para huir
del fuego y ser sólo parte de aquello de lo cual
el fuego es el símbolo: el celestial posible.
Háblale a tu almohada como a ti mismo.
Sé orador, pero con un lenguaje cuidado
y sin elocuencia, oh adormilado,
de la piedad que es el recuerdo de este cuarto,
de modo que percibamos, en este gran iluminado,
lo minúsculo verdadero, y cada uno de nosotros
puede reflejarse en ti, y oír su voz
en la tuya, maestro y lastimoso hombre
atento a tus partículas del hacer terreno,
tu sopor en las profundidades de la vigilia,
en el calor de tu lecho, en el borde de tu silla,
vivo, pero viviendo en dos mundos, impenitente,
en uno, contrito en el otro,
impaciente por la grandeza que necesitas
entre tanta aflicción; y sin embargo hallándola
sólo en la desgracia, el soplo de la ruina,
la honda poesía de los pobres y de los muertos,
como en la última gota de la más escondida sangre,
como brota del corazón y yace allí para ser vista,
así como la sangre de un imperio, podría ser,
para un ciudadano del cielo aunque todavía de Roma.
El idioma de la pobreza es el que más nos penetra.
Es más viejo que la más vieja lengua de Roma.
Este es el trágico acento de la escena.
Y tú, tú eres quien lo habla, sin articularlo,
las sílabas más excelsas entre las cosas más excelsas, el invulnerable entre rudos capitanes,
la desnuda majestad, si lo prefieres, de los arcos
de nidos de pájaros y bóvedas salpicadas por la lluvia.
Los sonidos penetran. Recuérdanse los edificios.
La vida de la ciudad nunca reposa. Tú no lo quieres.
Eso es parte de la vida en tu cuarto.
Sus cúpulas son la arquitectura de tu lecho.
Las campanas repican sin cesar nombres solemnes
en coros y coros de coros,
negándose a que la misericordia sea un misterio
del silencio, y a que cada soledad del sentido
pueda darte más que sus peculiares acordes
y las reverberaciones adheridas en un susurro.
En una especie de magnificencia total en el fin,
con cada cosa engrandecida y sin embargo
no más que una cama, una silla y pasos de monjas,
el teatro más inmenso, el pórtico sostenido por columnas,
el libro y la vela en tu cuarto ambarino,
magnificencia total de un edificio total,
elegido por sí por un inquisidor
de estructuras. Se detiene en este umbral,
como si el esquema de todas sus palabras tomara
del pensamiento forma y marco y fuese concretado.
Traducción: Alberto Girri
Buenos Aires, CEAL, 1988
enviado por Patricia Damiano